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El Camino de Santiago pasa por Burgos
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Impresionante Conjunto Patrimonial
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La provincia de Burgos es protagonista principal en el trazado del Camino de Santiago dentro de la Península Ibérica. Su estratégica situación geográfica hizo de ella un paso obligado para los millones de peregrinos europeos que desde sus países de origen se dirigían a la búsqueda de la tumba del Apóstol Santiago.
Durante los cerca de 114 kilómetros que atraviesa Burgos se sucede un impresionante conjunto patrimonial que con justicia ha merecido su declaración como Patrimonio de la Humanidad, además de una contrastada y bella naturaleza en la que se alternan llanuras, montes, valles y páramos.
Todas las poblaciones que son atravesadas por los 114 kilómetros burgaleses del Camino Francés conservan una importante huella de su paso. Redecilla del Camino, Belorado, Villafranca Montes de Oca, San Juan de Ortega, la ciudad de Burgos, San Antón y Castrojeríz son sus hitos principales.
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El Camino de Santiago a su paso por Burgos
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El Camino de Santiago es la vía de comunicación que durante siglos sirvió para enlazar a los cristianos europeos con la ciudad de Compostela en Galicia, deseosos de visitar el santuario que acogía los restos mortales pertenecientes al apóstol Santiago. Descubiertos los restos un día de la primera mitad del siglo IX d. d. C., la afluencia de visitantes alcanzó su máximo desarrollo en los siglos centrales de la Edad Media, entre el año mil y el año mil trescientos, cuando el número de peregrinos pudo sobrepasar la cifra de los 200.000 al año, para ir decayendo en los siglos siguientes, sobre todo después del siglo XVI, y no recuperarse hasta los últimos decenios del siglo XX, bajo nuevos parámetros.
El año 1987 el Consejo de Europa le declaraba Primer Itinerario Cultural de Europa, y en 1993 la UNESCO le otorgaba el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. En el 2004 ha recibido el premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
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Orígenes y trazado
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El Camino de Santiago clásico, el camino francés, cruza la provincia de Burgos de este a oeste por el centro, a lo largo de unos 100 kilómetros entre Redecilla del Camino y el puente de Itero del Castillo.
Este camino se fue abriendo poco a poco, a partir del año mil, a medida que se difundía por Europa la devoción al Apóstol, se desplazaba hacia el sur la frontera con los musulmanes, disfrutando de mayor seguridad las tierras del interior, y las aldeas por donde había de pasar se dotaban de las infraestructuras viarias y asistenciales imprescindibles.
En la época de máximo apogeo, los peregrinos, movidos por impulsos religiosos, convencidos de la capacidad intercesora del Apóstol– la fe en los milagros, los deseos de recuperar la salud física o espiritual, la redención de penas judiciales, etc.— viajaban casi siempre en grupo formando comitivas que acarreaban consigo los víveres y los medios de protección necesarios.
No obstante, siempre hubo un amplio margen para la imprevisión ante los peligros constantes de un camino largo y duro, por lo que resultó imprescindible la labor asistencial de las gentes y de los pueblos por donde pasaba el Camino.
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Las Huellas del Camino
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El permanente discurrir de viajeros dotó a esas gentes y a esos pueblos del Camino de ciertos valores y de algunas infraestructuras necesarias. Así por ejemplo:
1.- Fomentó el desarrollo de la vida urbana y en especial las actividades artesanales y comerciales que permitían poner a la venta productos de consumo de primera necesidad. Ejemplos tenemos en Belorado, en Burgos o en Castrojeriz, con sus puestos de venta permanentes, sus mercados semanales y las grandes ferias anuales.
2.- Impulsó el desarrollo de un ordenamiento legal específico de carácter protector, como denotan los llamados fueros de francos otorgados por los reyes a determinadas villas con el fin de garantizar la libertad de movimientos de productos y de personas, y una mayor autonomía municipal. El caso mejor conocido es el de Belorado y su fuero de 1116 concedido por Alfonso I de Aragón. Otros fueros de naturaleza similar disfrutaron los vecinos de Atapuerca, de Tardajos o de Castrojeriz.
3.- Asimismo por razones de seguridad y de protección al peregrino los monarcas promovieron la instalación de Ordenes militares a lo largo de la ruta. La Orden de San Juan de Jerusalén, la Orden de Calatrava, la de Santiago o la de Alcántara abrieron casas o encomiendas en las que residían sus miembros, mitad monjes y mitad soldados, encargados de la tarea policial en el ámbito de su jurisdicción. Para el caso de las tierras de Burgos el mejor ejemplo le proporciona la Orden de San Juan de Jerusalén y sus encomiendas de Buradón, junto a Belorado, de Atapuerca y de Puenteitero. Algo parecido ocurrió con los freires hospitalarios del Hospital del Rey de Burgos con jurisdicción en Valdefuentes, San Medel o Tardajos, y los hermanos antonianos con asiento en San Antón de Castrojeriz desde 1146.
4.- Al calor del Camino se fueron desarrollando, igualmente, múltiples devociones que jalonaron la ruta de centros de culto, iglesias, ermitas y santuarios, depositarios de reliquias de santos e imágenes milagrosas de visita obligada. El conjunto confirió al Camino un carácter sagrado que le diferenciaba de otras vías, le dio prioridad y le ciñó a un trayecto concreto. En tierras de Burgos destacaron por encima de los demás tres santos que ejercieron precisamente su labor pastoral volcados hacia los peregrinos y en ambientes hospitalarios que ellos mismos crearon o potenciaron; fueron San Lesmes fundador del Monasterio y hospital de San Juan de Burgos (1091); San Juan de Ortega, alma del complejo asistencial abierto por él mismo en los primeros años del s. XII en los Montes de Oca, y San Amaro, dedicado a tareas caritativas en el gran hospital del Rey de Burgos. En el área de Castrojeriz se dejaría sentir el atractivo espiritual de la Virgen del Manzano.
5.- Por último, la hospitalidad. A lo largo del Camino de Santiago se desarrollaron dos modelos de asistencia al peregrino; un modelo de asistencia pública y gratuita, ejercida básicamente en los hospitales, y un modelo de asistencia privada, de pago, que se dio en casas particulares. De los dos siempre ha sido el primero el más reconocido. Los hospitales eran centros polivalentes que acogían por igual a pobres, a peregrinos y a enfermos desamparados. La oferta se centraba en dos aspectos básicos, alojamiento y comida. A los peregrinos sanos se les albergaba normalmente por una noche y a los enfermos hasta que recobraran la salud o muriesen. También recibirían atenciones religiosas y sanitarias, aunque en menor medida y sólo en los grandes hospitales. En el tramo burgalés del Camino de Santiago prácticamente todas las villas tuvieron su pequeño hospital y aun varios en el caso de las villas mayores. La ciudad de Burgos llegó a tener abiertos a finales del siglo XV no menos de 34 hospitales. Entre ellos destacó el Hospital del Rey, el más grande y más eficaz de todos los existentes en tierras peninsulares; tenía 87 camas distribuidas en varios dormitorios y enfermerías y sus rentas eran cuantiosas, suficientes para alimentar gratuitamente a un promedio de 200 comensales diarios (con una ración reglamentada compuesta de 575 gramos de pan, un litro de vino, potaje de legumbres u hortalizas y 306 gramos de carne de ovino por persona y día) y atender a una veintena de enfermos en las enfermerías. La inmensa mayoría eran, sin embargo, pequeños hospitales regentados por parroquias y cofradías dotados de cuatro o seis camas donde se alojaban los pobres ocasionalmente para pasar la noche y sin opción a comidas ni tratamientos sanitarios, por falta de recursos.
Las graves carencias de la asistencia hospitalaria determinó el desarrollo de un tipo de acogida privada y remunerada, en domicilios particulares, siguiendo una tradición muy consolidada en las sociedades campesinas antiguas. Probablemente la asistencia a domicilio soportó mejor que la de los hospitales las exigencias requeridas por una numerosa población en constante movimiento. Por unas y otras razones el trayecto entero se transformó en un espacio urbanizado, protegido, acogedor y sagrado; en un espacio único lleno de recursos y de bienes singulares. Es el Patrimonio Cultural del Camino de Santiago. Lo que aportamos desde aquí más lo que nos llegó de fuera, todo lo que nos ha quedado. Las huellas del Camino en Burgos. Unas huellas esculpidas en las piedras y en los libros, endurecidas por el esfuerzo y la piedad de millones de viajeros, al tiempo que señal irrebatible del interés y de la generosidad de quienes las promovieron o ejecutaron.
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Decadencia y Resurgimiento actual
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La decadencia llegó con el siglo XVI debido entre otras cosas a las nuevas formas de piedad, más intimistas, a la reforma luterana, muy crítica con las prácticas abusivas de las indulgencias y de los ritos externos, al descrédito de los peregrinos y a la pérdida de valor económico y estratégico de una ruta cada día más alejada de los centros de poder político peninsulares. La atonía se prolongó durante los siglos modernos y no remitió hasta los años ochenta del pasado siglo XX. En esta recuperación de última hora ha tenido mucho que ver el impulso de construcción política de una Europa unida que ha visto en el Camino de Santiago un camino lleno de símbolos, un camino de encuentro y de diálogo, capaz en su día de salvar distancias, fronteras e incomprensiones, forjando la conciencia de unidad europea, y capaz hoy de responder con solvencia a las directrices europeístas que aspiran a cimentar el futuro del viejo continente sobre valores culturales comunes.
El Camino de Santiago es hoy una ruta cultural, la ruta cultural más antigua del mundo occidental. O, si se prefiere, la calle mayor de Europa, un largísimo trayecto por el que se disponen multitud de escaparates surtidos de los productos más genuinos de nuestro Patrimonio: arte románico y gótico, paisajes naturales, arquitectura tradicional, ciudades y pueblos históricos, gastronomía, literatura, música… y, a su lado, al mismo tiempo, otros productos no tangibles: las leyendas y los mitos creados en su entorno, la vía láctea, el finis-terrae, el milagro de la luz, el gallo y la gallina…, ofrecidos en albergues regentados por hospitaleros voluntarios, austeros y solidarios, con la calidad de lo auténticamente antiguo, medieval.
Otro impulso decisivo ha venido de la mano de los movimientos ecologistas, defensores del medio ambiente, de la vida rural al aire libre, y de quienes buscan valores alternativos muy de actualidad relacionados con la salud física –el deporte, el culto al cuerpo, el senderismo, la vida campestre— o la salud mental –el reto personal, la autoestima, la búsqueda de la propia identidad—. Para muchos caminantes el atractivo mayor de la ruta está hoy precisamente en que permite combinar en una única experiencia lo que se conoce como turismo cultural, ecoturismo y turismo de aventura, incluyendo en esta última faceta la aventura espiritual de quien camina hacia sí mismo en un viaje por las entrañas del alma, aunque sea muchas veces sin saberlo.
Es, con todo, un Camino desacralizado que ha perdido su condición natural de instrumento o medio de acceder a un destino sagrado para convertirse en un fin en sí mismo. El Camino es ya la meta. Ni sólo, pues, una aventura religiosa, como pudo serlo en el pasado, ni tampoco una mera ruta cultural como pudiera ser la ruta del románico, la ruta de la lengua castellana o la del destierro del Cid. El Camino de Santiago por Burgos integra espíritu y paisaje, historia y sociedad, sin dejar indiferente a nadie.
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