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Naturaleza en Burgos
Territorio y Paisaje
La provincia de Burgos, situada en el extremo nororiental de Castilla y León, es una de las
nueve provincias que integran esta extensa Comunidad Autónoma. Un territorio que engloba paisajes
naturales y humanos muy variados, pues a la diversidad objetiva del medio físico se añade una
dilatada presencia humana en estas tierras, que se remonta a los tiempos más remotos de la
Prehistoria.

Sobre un entramado natural contrastado por su geología y relieve, por las diferencias
climáticas y biogeográficas, el hombre ha ido forjando paisajes propios, surgidos de su capacidad de
transformación y adaptación al medio, según la vocación económica de los distintos espacios, de su
posición estratégica y de la evolución histórica seguida. Un riquísimo legado humano sobre el
territorio, que, junto al natural, constituye un valioso patrimonio cultural. Patrimonio tangible, hecho
arte en multitud de iglesias, ermitas, monasterios, castillos, torres y palacios, a los que se añaden los
bienes muebles que éstos contienen, repartidos, o cabría decir desperdigados, por toda la provincia;
patrimonio, también tangible, hecho de pueblos y arquitectura popular, de caminos, de puentes, de
cañadas, de prados cercados y campos de cultivo…; patrimonio intangible hecho de tradiciones, de
usos y costumbres, de canciones, de ritos…, muy en consonancia con el territorio y el modo de vida
que en él se ha desarrollado.

La variedad de elementos, naturales y culturales, aportan al viajero una permanente
sensación de contraste en su recorrido por la provincia. La huella del hombre y su grado de
protagonismo es dispar en el paisaje. Frente a espacios fuertemente humanizados, como llanuras de
fácil transformación agraria y puntos concretos del territorio en los que se han concentrado el
desarrollo urbano e industrial, otros sectores extensos, principalmente de la orla montañosa,
muestran paisajes donde las referencias principales siguen siendo naturales. En estos últimos, la
intervención humana, a menudo ancestral y decisiva en el devenir histórico y conformación del
paisaje, se manifiesta como un mero arañazo, incapaz de enmascarar la grandeza de las líneas
maestras del relieve o el protagonismo de la vegetación natural o del agua en lagunas, ríos, cascadas
e incluso embalses de gran belleza, como los de Arija y Sobrón.

Esa dominante natural en la percepción del paisaje, en buena parte del espacio burgalés, es
a la vez realidad e ilusión. Por un lado, guarda una estrecha relación con la escasa presión
demográfica que soporta el territorio. Al igual que otras provincias de la España interior, Burgos
cuenta con mucho espacio de excelente calidad ambiental y bellísimos paisajes. Un recurso muy
valioso, en una Europa urbana y congestionada, a pesar de los problemas que el vacío demográfico y
la falta de dinamismo económico a él asociada representan para la ordenación del territorio. Pero al
mismo tiempo, la presencia del hombre es continua a lo largo y ancho de la provincia, pues el sistema
de poblamiento está muy atomizado. Algunas cifras pueden ayudar a la comprensión de estas
cuestiones.
Población y poblamiento
Con 14.292 km2 y una población que apenas sobrepasa los 355.000 habitantes, la densidad
media de población en Burgos ronda los 25 hab/km2, cifra muy por debajo de la media nacional pero
en total consonancia con los bajos índices de ocupación de la España interior. Sin embargo, el dato
requiere ser matizado, pues, en la actualidad, el 67 % de la población provincial es urbana, dándose
la circunstancia de que tan sólo tres núcleos son urbanos, de los 1.178 existentes en la provincia.

Las tres ciudades son, además, núcleos industriales importantes: Burgos capital, con 170.000
habitantes, ocupa una posición central en el territorio y ejerce un amplio radio de influencia sobre su
entorno; Miranda de Ebro, próxima a los 37.000 habitantes y situada en el extremo nororiental, a unos
30 km. de Vitoria; y por último, Aranda de Duero, capital de La Ribera, con algo más de 30.000
habitantes. El siguiente núcleo en importancia es Briviesca, capital de La Bureba, que con 6.600
habitantes, ni siquiera puede ser considerado estadísticamente urbano. Sin embargo, dadas las
características del tejido urbano de Castilla y León, esta población alcanza el rango de municipio
urbano de segundo orden, pues participa de un notable desarrollo industrial para su tamaño y ejerce
funciones bien definidas como centro comarcal de servicios sobre su comarca. Otros núcleos de
carácter semiurbano y que merecen ser destacados por su relativa capacidad de articulación
funcional sobre su entorno son Medina de Pomar (4.275 habitantes), Villarcayo (2.888), Espinosa de
los Monteros
(1.526) y Villasana de Mena (1.224), todos ellos situados en las Montañas del norte;
Belorado (1.937), a la entrada del Camino de Santiago en Burgos; Salas de los Infantes (2.024) y
Quintanar de la Sierra (1.976) en las estribaciones de la Sierra de Neila, en el Sistema Ibérico; Lerma
(1.671), capital de La Ribera del Arlanza, a medio camino entre Burgos y Aranda de Duero; y
finalmente Roa (2.300), situada a la vera del río Duero, en el suroeste de la provincia. Todas las
demás entidades de población, es decir 1.165 pueblos, se encuentran por debajo de los 1.000
habitantes, incluidos Villadiego (941) y Melgar de Fernamental (956), los dos núcleos más poblados
de la comarca centro occidental de Páramos y Campiñas. Resulta muy llamativo el dato de que más
del 75% de los pueblos burgaleses tiene menos de cien habitantes, cifra que se eleva al 97% si
consideramos el umbral de los 500 habitantes.

El exiguo tamaño de muchas entidades de población y la desdibujada jerarquía funcional
existente entre ellas hicieron necesaria una intensa reorganización administrativa. Concluido el
proceso de éxodo rural y ante las consecuencias devastadoras de la drástica reducción de población
en núcleos originariamente pequeños (ver antecedentes del poblamiento burgalés), muchos
antiguos municipios desaparecieron o se agrandaron, integrándose o fusionándose con otros. Los
1.178 núcleos que siguen estando habitados en la provincia se concentran en 371 municipios,
algunos de ellos tremendamente atomizados como es el caso de Villadiego, situado en la llanura
sedimentaria castellana, o de Villarcayo, en las Montañas del norte, formados por 31 entidades de
población cada uno de ellos.

La gran dispersión territorial de este sistema de poblamiento, con multitud de pequeños
pueblos salpicados por toda la provincia, tiene su traducción en una densísima red de carreteras y
caminos, que permiten llegar a los pueblos y parajes más recónditos. Muchos de estos pueblos son
verdaderos tesoros patrimoniales, tanto desde el punto de vista natural, por la calidad del entorno en
el que se enclavan, como por el valor de su trazado antiguo y de su arquitectura popular, por no
hablar de las joyas artísticas que muchos encierran en forma de iglesias, pequeñas ermitas,
monasterios, castillos, torres, palacios, puentes, retablos, etc.
Una buena posición estratégica
Pero, superando lo local, una mirada a vista de pájaro sobre la malla básica de
infraestructuras por carretera permite comprobar la centralidad de la provincia de Burgos en el
sistema territorial español. El eje principal es la N-I Madrid-Irún, que a su paso por la provincia
conecta Aranda, Lerma, Burgos, Briviesca y Miranda, es decir, todos los núcleos urbanos de la
provincia, que no en vano deben a esa excelente ubicación su desarrollo industrial y urbano de las
últimas décadas. Otros ejes vertebradotes son la N-623, que partiendo de Burgos enlaza con
Santander a través del puerto del Escudo, ruta secularmente conocida como el camino de Santander
o de Castilla hacia el mar; la N-620, que inicia en Burgos la llamada ruta de los portugueses, pues
nace en la capital para penetrar en Portugal por Salamanca; la N-120 Logroño-Vigo, que atraviesa la
provincia de este a oeste pasando por la capital, y que, en su trazado básico, coincide con el Camino
de Santiago a su paso por la provincia; la N-234, Sagunto - Burgos, que conecta la capital burgalesa
con la capital soriana; y por último, la N-232 Vinaroz-Logroño-Santander, que, en realidad, tiene en
tierras burgalesas su último tramo antes de enlazar con la N-623, en las cercanías del puerto del
Escudo, para proseguir camino hasta la capital cántabra.

Burgos ha sido, en todo tiempo, encrucijada de caminos, antiguos y actuales. Calzadas
romanas e importantes rutas comerciales -del trigo, del pescado, de la lana o del carbón vegetal- o
culturales, como el Camino de Santiago, crearon, junto a los caminos de la Mesta, un complejo
entramado viario en el pasado. En la actualidad, arterias fundamentales, como la N-I o el histórico
Camino de Santiago, vertebran su territorio, al tiempo que la capital se convierte en nudo radial y
origen de importantes vías de comunicación. Por tierras burgalesas transitan viajeros que desde el
Mediterráneo, Extremadura, Andalucía o Castilla-La Mancha se dirigen al Cantábrico. Así pues,
resulta fácil llegar a Burgos desde cualquier punto de España, máxime cuando la mayor parte de esas
carreteras nacionales son hoy autovías o presentan tramos alternativos de autopista. Pero también es
cierto que algunas vías, incluso carreteras nacionales, no son precisamente vías rápidas a su paso
por Burgos. Buen ejemplo es la carretera de Santander, que además de tener que atravesar el
empinado puerto del Escudo, se ciñe al espectacular cañón del Rudrón en uno de sus tramos; y qué
decir de la carretera “de los dos mares”, la N-232, quizá una de las nacionales de peor trazado de
toda la provincia, pues, tras penetrar desde tierras riojanas, a la altura de Pancorbo, y recorrer el
norte de la Bureba, se adentra en las Montañas de Burgos por Oña y el estrecho desfiladero del Oca,
para seguir su trazado sinuoso pegada al Ebro, en el Valle de Valdivielso y en el angosto paso de la
hoz de los Hocinos. Trazados éstos y los de infinidad de vías secundarias, muy mediatizados por las
servidumbres del relieve y de los cauces fluviales, verdaderos ejes vertebradores del territorio
burgalés. Vías no precisamente rápidas pero sí bellísimas para un viaje sin prisas, que permita
disfrutar de paisajes naturales y humanos de gran calidad y capacidad evocadora.
Los límites provinciales

Y es que la provincia de Burgos debe su gran riqueza natural y paisajística a una
configuración morfológica y climática muy variada. Cuando en 1833, Javier de Burgos plantea la
división administrativa que dio lugar a las actuales provincias, su afán vertebrador y planificador del
territorio dio a Burgos, como a tantas otras provincias españolas, una configuración alargada en torno
a la capital administrativa. El objetivo era crear unidades territorialmente variadas, con suelos de vega
y llanos de buena producción, junto a laderas, cumbres y ríos, en un intento de repartir ventajas e
inconvenientes, entendidos desde la perspectiva de la época. Bajo estas premisas, las provincias de
la Meseta Norte estaban obligadas a adoptar esa forma irregular y alargada, que permitiese distribuir
entre ellas el cíngulo montañoso que rodea la cuenca sedimentaria y, al tiempo, abarcar parte del
llano cerealista y vitivinícola. Los límites de la antigua provincia burgalesa de la Corona de Castilla
fueron respetados en parte, como lo atestigua el contorno de la provincia actual y la permanencia de
enclaves históricos como el Condado de Treviño. Sin embargo, la nueva configuración supuso la
pérdida de los territorios correspondientes a los antiguos partidos judiciales de Laredo (territorio que
dio lugar a la provincia de Santander, actual provincia de Cantabria), Logroño y Santo Domingo de la
Calzada (que, junto con parte de la antigua provincia de Soria dieron lugar a la provincia de Logroño,
actualmente de La Rioja).

Así pues, Burgos, por su situación extrema y limítrofe dentro de la región, incluye dentro de su
territorio dos áreas montañosas bien definidas. Al norte, la vertiente meridional del sector este de la
Cordillera Cantábrica, que se articula en dos unidades de relieve plegado: las Montañas de Burgos,
por un lado, y Las Loras y la Paramera de la Lora, por otro. Y al este, la vertiente castellana del
extremo septentrional del Sistema Ibérico, representado en tierras burgalesas por la Sierra de la
Demanda
y la Sierra de Neila. La dualidad, entre espacios de montaña y espacios de llanura, es la
primera clave de diferenciación territorial, aunque, a su vez, las montañas y llanuras burgalesas, lejos
de parecerse, encierran una gran riqueza de matices y rasgos propios. Una segunda clave de
diferenciación viene dada por la posición latitudinal que la provincia ocupa, pues su mitad norte se
convierte en un espacio de transición climática y de encrucijada de especies vegetales entre el
dominio atlántico y el mediterráneo. Diferencias morfológicas y climáticas que afianzan la diversidad
de paisajes, no sólo naturales sino también humanos, pues condicionan las aptitudes de los espacios
para su humanización y aprovechamiento entre las distintas opciones posibles de usos del suelo,
cultivos, tipos de poblamiento, arquitectura popular, infraestructuras de relación, etc.

Burgos: un mosaico de paisajes

El sector de las Montañas de Burgos, conocido como Las Merindades, es un territorio de
montaña media en el que las líneas maestras del relieve están en consonancia con las estructuras
plegadas construidas en la cobertera mesozoica. De este modo, las sierras dominantes son crestas
anticlinales mientras que los sinclinales han sido vaciados por los ríos de la red del Ebro,
configurando depresiones más o menos amplias, situadas a altitudes por debajo de los 600 metros.

Las agrestes crestas calizas, cuyas vertientes aparecen tapizadas por espesos bosques mixtos,
contrastan con el amable y humanizado aspecto de los valles y llanadas, en los que se localizan las
poblaciones, los campos de cultivo y el praderío. Dada la mayor humedad de estas tierras, la
ganadería de vacuno y caballar tiene aquí una notable representación, preludio de la España
plenamente atlántica y ganadera, inmediata por el norte.

En la mayor parte de su recorrido por tierras burgalesas, el Ebro transita encajado, creando
bellísimos paisajes de desfiladeros, cañones y hoces. Antes de penetrar en Burgos, el río es
embalsado en cabecera, dando origen a uno de los más originales y bellos embalses de España, el
embalse de Arija, parte del cual está dentro de los límites provinciales. Más al sur, su ingreso, en el
cuadrante noroccidental de la provincia, se realiza tajando una estrecha y profunda garganta en el
potente macizo calizo de la paramera de La Lora. En Merindades discurre solemne entre farallones
rocosos dando lugar a hermosos valles, como los de Manzanedo, Valdivielso y Tobalina, cuyo enlace
sucesivo se resuelve con un cambio brusco de dirección y la apertura de estrechas hoces o cluses,
pues el río corta transversalmente las crestas anticlinales para proseguir camino. Al final del valle de
Tobalina, el Ebro labra un espectacular desfiladero, al igual que su afluente, el Oroncillo, ávido de
unirse a él cortando los apretados pliegues de los Obarenes. Desfiladeros, convertidos en históricos
pasos naturales para la comunicación entre Castilla y las tierras del norte. Tras el desfiladero de
Sobrón
y el embalse de sus aguas, aprovechando la cerrada natural de sus paredes rocosas y
abruptas, el Ebro se despide definitivamente de su tránsito montañoso para abrirse a la cuenca de
Miranda y entrar definitivamente en la gran depresión que le conduce al Mediterráneo. Poco tienen en
común el joven e impetuoso Ebro burgalés con el que serenamente se abre a la Rioja, formando un
fértil y ancho valle. Será por eso que en Burgos su mejor legado son los imponentes paisajes que él y
sus afluentes dejan a su paso.

Más allá de Miranda, fuera de la continuidad del perímetro provincial, se encuentra el histórico
enclave del Condado de Treviño, rodeado de tierras alavesas. Una pequeña depresión regada por
el río Ayuda, salpicada de pequeñas poblaciones y extensos bosques de gran valor natural.
Al suroeste de las Merindades, e igualmente formando parte de la Cordillera Cantábrica, se
encuentra la comarca de Las Loras y de la Paramera de la Lora. Un espacio de montaña media de
gran singularidad geográfica, bisagra entre la montaña propiamente dicha y la cuenca terciaria
castellana, con la que toma contacto por el sur. Su originalísimo relieve plegado inverso deja en
resalte el perfil rocoso y tabular de los sinclinales colgados en la zona de las Loras, destacando sobre
los estrechos valles, que debido a una intensa erosión son en realidad combes, es decir, anticlinales
vaciados. La amplia depresión del Tozo da paso a la gran unidad de la Paramera de Sargentes-
Sedano
, que se corresponde con un sinclinal de amplio radio y suaves buzamientos. La monotonía
morfológica de la Paramera se rompe bruscamente por el encajamiento de los ríos que la recorren,
Ebro y Rudrón, creadores de profundos y hermosos cañones, enmarcados por vertientes abruptas
que dejan al descubierto los distintos estratos correspondientes a los pisos superiores de la cobertera
mesozoica.
El otro sector montañoso, la comarca de la Sierra de la Demanda, se articula en torno a dos
unidades, la Demanda propiamente dicha, que a su vez incluye las Sierras de San Millán y de
Mencilla, y la Sierra de Neila, núcleo de la llamada Tierra Pinariega burgalesa. Aquí tienen su
nacimiento dos importantes ríos burgaleses, el Arlanzón y el Arlanza, que tras discurrir por separado
en sendos valles de gran personalidad, terminan confluyendo poco antes de ceder sus aguas al
Pisuerga.

En la Demanda nace el río Arlanzón, que resulta doblemente embalsado siendo aún un río de
montaña. Ello resta notable accidentalidad al hermoso valle que el río labra en medio del macizo para
desgajar de él la Sierra de Mencilla. Alcanza el llano en los alrededores del pueblo de Arlanzón,
adentrándose en la cuenca sedimentaria para labrar un amplio valle en materiales terciarios. Queda
al oeste la original Tierra de Juarros, antaño embarcada en la minería del carbón; un sector de
montaña media en la orla mesozoica que bordea la Sierra de la Demanda, cubierta de excelentes
bosques de roble rebollo.

Con gran orgullo el Arlanzón atraviesa la ciudad de Burgos por su centro, convirtiéndose en
un verdadero eje de simetría urbano. Él y sus afluentes, junto a los tributarios del Pisuerga en tierras
burgalesas, crean un paisaje de valles e interfluvios o, lo que es lo mismo, de Páramos y Campos,
con fuertes connotaciones agrarias, y en especial cerealistas, pues no en balde puede considerarse a
este espacio el extremo burgalés de la tierra de campos castellana.

El Camino de Santiago atraviesa la comarca de Páramos y Campiñas por su centro, tras
haber penetrado en la provincia por Redecilla del Camino, desde la Rioja, y alcanzar el importante
hito de la ciudad de Burgos.

Por su parte, el río Arlanza tiene su nacedero en Fuente Sanza, cerca de Quintanar de la
Sierra
, en el corazón de la Tierra Pinariega burgalesa. El protagonismo del río da nombre a la
comarca de Arlanza, coincidente con su cuenca. En su tramo montañoso, el río discurre encajonado
entre las sierras de la orla mesozoica que bordean los macizos ibéricos burgaleses. Atravesar la
Sierra de las Mamblas fuerza al río a adoptar un trazado meandrizante y encajado, rodeado de
extensos sabinares y encinares en laderas y cimas. El recio aspecto de estas formaciones,
supervivientes en suelos descarnados y áridos, contrasta con la jugosa visión del fondo del valle,
ocupado por un frondoso bosque de galería que acompaña al curso en su solitario discurrir. El
paisaje, hermoso a la vez que austero, invita al recogimiento, lo que corroboran las majestuosas
ruinas del Monasterio de Arlanza, situadas en medio del desfiladero. La estrechez del valle no se
abandona hasta pasar Covarrubias y recibir las aguas del río Mataviejas, creador asimismo de bellos
parajes en torno a Santo Domingo de Silos y al pequeño pueblo de Ura. Con las aguas de su
tributario, el Arlanza penetra en la cuenca sedimentaria, abriendo su valle a medida que avanza hasta
Lerma y aún más allá, para encontrarse con el Arlanzón en plena llanura castellana. El agreste
Arlanza del comienzo se hace fértil en la llanura, que se humaniza por completo con un mosaico
continuo de campos de cultivo, de secano y de regadío, y sobre todo, de viñedos, uno de los
distintivos de la comarca.

Al sur de este valle, otros dos se abren paso en paralelo: el valle del Esgueva y el valle del
Duero. A pesar de la personalidad de cada uno de ellos, ambos configuran un territorio con
numerosos elementos afines. De ahí la habitual consideración de este espacio, situado en el extremo
meridional de la provincia, como una unidad, que debido al mayor rango jerárquico de un curso sobre
el otro, recibe genéricamente el nombre de Ribera del Duero o, sencillamente, de La Ribera.
El Esgueva es un río autóctono que da apellido a la mayoría de las poblaciones que
atraviesa. Tras nacer en las Peñas de Cervera, ha labrado su valle en los materiales blandos de la
cuenca sedimentaria, dejando en resalte, tanto él como los arroyos y afluentes que le alimentan, un
paisaje de interfluvios o páramos, que confieren notable accidentalidad al terreno dentro de la planitud
generalizada. Su valle disimétrico está en estrecha relación con la proximidad del río Duero, cuya
mayor potencia de zapa ha arrebatado al Esgueva la capacidad de desarrollar afluentes en su
margen izquierda, finalmente desaguada por el Duero.

También el Duero y sus múltiples tributarios en este tramo burgalés dan lugar a un paisaje
dominado por las formas llanas y los horizontes despejados. Sin embargo, no se trata de una única
llanura sino de una llanura compleja, resuelta en múltiples planos, pues la forman valles, páramos,
terrazas, cerros y tesos, con el denominador común de su planitud cimera.
El Duero, generoso y pausado en tierras burgalesas, da lugar a una fértil vega, secularmente
aprovechada por el hombre. En realidad, toda la comarca esta fuertemente humanizada, pues,
teniendo como trasfondo el perfil esquemático del relieve descrito, lo verdaderamente relevante del
paisaje es su vocación agrícola. Parcelas de regadío, en primera línea de vega, dan paso a secanos
cerealistas en terrenos mollares, mientras cuestas y colinas de suelos sueltos y pedregosos se
cubren de viñas. La vid y la producción de vino, de larga tradición en la comarca del Duero, es, en la
actualidad, una de las principales bazas económicas de muchos pueblos ribereños. En el paisaje,
este impulso se traduce en la renovación de las viñas, pues muchas de las nuevas se plantan en
espaldera, y en la fuerte expansión superficial de este cultivo en las últimas décadas. Tradición y
modernidad se dan la mano en esta comarca, agrícola por excelencia pero con un importante foco
industrial instalado en Aranda, que hace florecer la agricultura a tiempo parcial y sostiene los pueblos
de los alrededores. Otro ejemplo: junto a las nuevas y ostentosas bodegas, permanecen como
tesoros las viejas bodegas subterráneas próximas a los pueblos, verdaderas joyas de arquitectura
popular.

Los ríos Arlanzón, Arlanza y Duero son, por tanto, los grandes protagonistas de las llanuras
burgalesas, labradas en la cuenca terciaria. Pero a ellas se suma un originalísimo enclave de tierras
llanas, situado al noreste de la provincia. Entre la Sierra de la Demanda y las Montañas de Burgos se
localiza La Bureba y los valles del Oca y Tirón, una pequeña cubeta terciaria de límites bien
definidos, entre la Paramera de la Lora, la Sierra de Oña, los Obarenes y los Montes de Oca.

Atravesada por los ríos Homino y Oca en su camino hacia el Ebro, es ante todo una llanura agrícola
en la que predominan los campos de cereal. Son éstas tierras equilibradas, de buen tempero y gran
aptitud cerealista, a lo que contribuye una mayor pluviometría. El paisaje cultivado del llano contrasta
con el agreste perfil de la orla montañosa que circunda la Bureba, especialmente por el norte. Entre
los paisajes más llamativos está el de Poza de la Sal, balcón de la Bureba, presidido por su diapiro y
las antiguas salinas, o el singular valle de Las Caderechas, al abrigo de los montes que lo circundan y
cuyo benigno microclima favorece el crecimiento de abundantes frutales.

La riqueza y diversidad de los paisajes descritos convierten a Burgos en un territorio
poliédrico, capaz de seducir a los viajeros más dispares. Un largo y fecundo pasado histórico ha ido
modelando este espacio a lo largo de los siglos, para crear armoniosos paisajes en los que
naturaleza y hombre se complementan a la perfección. Las huellas de ese devenir son abundantes y
enormemente variadas. No hay comarca de las descritas que no tenga “lo suyo”. La singularidad
natural y patrimonial de cada una de ellas, y su enorme capacidad evocadora las convierten en
únicas dentro de la provincia. Quien ha visitado una, no las ha visto todas. Tan variada es la oferta y
de tanta calidad que bien vale la pena perderse y disfrutar.